Mensaje del las mujeres a la iglesia

 

Es la hora de que nos dirijamos a ti, amada Iglesia, de quien somos hijas y amigas, porque nos reconocemos parte consciente de tu tradición de amor. Y es en esta consciencia donde se ensambla nuestra asunción de la memoria, tan fuerte y necesaria hoy como antaño.

La memoria que hemos elegido asumir no tiene rigidez alguna. Tampoco límites: las mujeres están en cualquier lugar y queremos recordarlas en todo momento y de todas las maneras. Nuestra memoria será multiforme, como múltiples somos y hemos sido nosotras, fuera y dentro de tu abrazo.

Asumimos la memoria de la fe de las mujeres, pero custodiaremos, como nuestro, también su rechazo; haremos memoria de su nostalgia, pero no olvidaremos su ira; seremos memoria de su pasión de vida, pero no dejaremos atrás su dolor con todas sus raíces. La memoria que asumimos es también la memoria de las antepasadas, aquellas que estuvieron desde el principio y han visto, las que han comprendido y recordado, luchado y soportado, y han tenido que discernir, a menudo, qué había que debatir y qué proteger para quienes vendrían después. Pero también llevamos en la palma de nuestras manos la memoria de las jóvenes, el don valioso de la continuidad de la sororidad que atraviesa las generaciones y nos pertenece a todas, incluso a las que todavía se imaginan solas, hijas únicas de su propia historia.

La memoria que asumimos es la de las creyentes y su testimonio, acontecido en el silencio y en la palabra, cuando la palabra ha podido pronunciarse. Su fe nos ha formado y su elección nos ha confirmado. Pero hoy también pensamos asumir como propia la memoria de las otras mujeres, las no creyentes que durante años han caminado a nuestro lado sin que pudiéramos, ni unas ni otras, cruzar nuestras miradas para reconocernos como hermanas. Asumimos la común memoria de haber habitado el mismo presente y haberlo fecundado juntas.

Nuestra memoria será eclesial, porque es inclusiva y plural, como el Espíritu nos ha llamado a ser en ti, amada Iglesia. Que sea, por tanto, una memoria de miles y miles de nombres y rostros, voces y manos, miradas y cuerpos, para que de las mujeres, de todas las mujeres, regrese como los pájaros en el cielo: que ni un gesto, ni una palabra o un pálpito de vida se consideren perdidos o inútiles. Será una memoria teológica porque se alimentará de nuestras preguntas y del compromiso común de mantenerlas vivas, encontrando formas de pronunciarlas, con mayor decisión, cada vez que el silencio intente hacerse norma. También esto, hacer memoria, significa ser teólogas, y lo seremos, por cristianas y por mujeres. Nuestra memoria en este presente será santuario y semilla: custodiará el pasado que hemos sido y germinará el futuro que queremos ser, sin dejar detrás a ninguna.

Nosotras no olvidaremos más, ni dejaremos olvidar.